jueves, octubre 20, 2005

El nombre de la rosa: la iglesia, la edad media, la administración

Análisis: comprensión de algo descomponiendo sus partes. Seguramente esta fue una de las técnicas detectivescas de Fray Guillermo de Baskerville y de su discípulo, el novicio Adso de Melk, para encontrar al autor de los asesinatos de varios religiosos en una abadía benedictina, allá por 1327.

Análisis: descompongamos las partes, por tanto. Está, en primer lugar, la Iglesia.

La Iglesia en el Siglo XIV

El conflicto que presentan Humberto Eco, el escritor, y Jean Jacques Annaud, el director de cine, tiene como primer protagonista a la Iglesia, a la teología, a la inquisición, a los dominicos, a los franciscanos y los benedictinos.

Para 1327 el mundo occidental ya era cristiano, católico, apostólico y romano. Es decir que el cristianismo era la religión oficial de los Estados europeos allá y acullá.

Y por tanto, ya no se trataba de la Iglesia de los primeros tiempos, de las catacumbas, sino de Roma y de un papado que había acumulado enormes riquezas, monopolizaba el saber, tenía una enorme influencia sobre el poder temporal y controlaba las mentes y las vidas de las personas, en especial de los campesinos siervos.

La herejía

Y he aquí que debe dilucidarse si la rama espiritual de los franciscanos ha caído en la herejía. El asunto lo debe aclarar una reunión de delegados del Papa bajo la presidencia de la Santa Inquisición, es decir, de los dominicos. Las dos órdenes estaban enfrentadas desde hacía tiempos. Los primeros defendían la pobreza y la vida de servicio al lado de los humildes. Los segundos dirigían la inquisición.

La herejía le costaba la vida al hereje, en medio de terribles suplicios. Pero en la película, los homicidios de frailes benedictinos distraen al inquisidor de su verdadera intención de hacer que se purgue el descarrío de los franciscanos, Y continuamente colocan a de Baskerville en el peligro de ser tratado como hereje.

Porque la persecución de herejes se ensaña contra lo que parece posesión demoníaca. No en vabo el fraile mentalmente limitado resulta en el potro del tormento.

Las órdenes religiosas y la vida monacal

El escenario escogido, una abadía benedictina, muestra las costumbres de la vida monacal de Siglo XIII. El día se dividía según el Libro de las Horas y por lo tanto, entre el Oficio, la oración y la contemplación, el trabajo material para proveer los medios de subsistencia de la comunidad, y la copia de libros de la biblioteca con destino a los letrados del mundo.

Las órdenes religiosas representaban uno de los problemas más serios de la época. Tanto, que hubo que dedicarles un concilio y reglamentar que:

Para que una excesiva diversidad de religiones (es decir, de reglas y de fundaciones religiosas) no conduzca a una seria confusión en la Iglesia de Dios, prohibimos firmemente que en el futuro se funden nuevas religiones; y quienquiera que desee convertirse a una nueva religión, tome alguna de las ya aprobadas. Igualmente, aquellos que deseen fundar una casa religiosa en el futuro, adopten la regla e institución de las religiones ya aprobadas. Prohibimos también que nadie presuma tener la condición de monje en diversos monasterios y que ningún abad presida varios monasterios.

Eso rezaba el canon 13 del Concilio Lateranense, convocado por el Papa Inocencio III.

El método científico

Ahora bien: entre tanta ideología y tanta religión, resultaba necesario averiguar quién estaba matando a los frailes. Seguramente se trataba de poseídos del demonio, o de herejes, dirían unos. O por lo menos, de libertinos. Acabar con todos ellos es la solución.

Y frente a esa respuesta tan simple pero tan costosa, se levantan de Baskerville y su método deductivo y científico: religión versus ciencia.

La vida debe ser triste y obediente

Y aparece una cierta ideología religiosa en todo su esplendor. La alegría no es seria, no debe tener lugar en la vida de un religioso, de un santo. Hay que desterrarla. Hay que impedirla. Y si de ciencia hablamos, mucho peor. No hay que entender el plan de Dios; se trata sólo de cumplirlo. Por algo el niño le dijo a San Agustín que es tan difícil poner toda el agua del mar en un hoyito hecho en la playa con un dedo, como comprender el misterio de la Santísima Trinidad.

La biblioteca

Y a pesar de todo ese oscurantismo, los benedictinos se dedican a tejer el hilo de la sabiduría. Ahí, en su biblioteca. En el eterno copiar los libros. Algunos de los cuales, claro, estaba prohibido leer. Porque podían inducir a la duda y a la negación de la doctrina.

Quién iba a pensar que el secreto estuviera allí. Y que tuviera el nombre de Aristóteles, el filósofo antiguo más caro a la edad media, el maestro de Santo Tomás de Aquino.

Un libro de páginas envenenadas, escrito con una tinta que ennegrece la lengua de los frailes muertos, que tuvieron la fea costumbre de mojarse el dedo con la lengua para pasar las páginas. Un libro así tiene que tener un contenido también terrible.

Todo se aclara cuando de Baskerville logra entrar a la biblioteca. Al laberinto del saber, ordenado según las regiones del mundo conocido. Y he aquí el libro, de Aristóteles, decíamos. ¿Tal vez nos daría el conocimiento del motor inmóvil? ¿O la fórmula de la piedra filosofal?.

Pero no, toda esa serie de asesinatos se debía nada más y nada menos que a un tratado sobre la risa: La Comedia, de Aristóteles. Que hubo que proteger con veneno para evitar que la alegría corrompiera a los frailes.

Una novela policíaca

Claro que Humberto Eco hizo una novela policíaca. Y con una fina ironía, Adso representa a Galileo Galilei y Guillermo de Baskerville, a Guillermo de Ockham. En fin, presenciamos el conflicto eterno entre la filosofía de Platón, que sólo nos deja ver las sombras en la caverna, y la de Aristóteles, con su motor inmóvil y su fundamento en la investigación de la realidad.